La mira. Lo mira. Necesito que ruedes desde la entrada norte a la enagua sureña. No le digas a nadie quién te envía. No me nombres. No me hagas señal. Me enteraré de qué cumplimos al primer golpe de conuco hembra, cuando la marimba resbale gemidos. Luego, no tienes por qué soltar mi mano. Pero la puerta de la casa, abierta. Barichara, Colombia. Verano de 2010.
Post 596 El peligro de ayudar demasiado
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El peligro de ayudar demasiado Aprende a dar sin abandonarte En lo alto de
una montaña silenciosa vivía un monje conocido por su extrema bondad. Él
ayudaba...


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